Lima, COVID 19… una paradoja Pascual

Podríamos decir que vivimos “encerradas”, nos hemos juntado las dos comunidades, salimos sólo lo imprescindible… vivimos con inseguridad por nuestra realidad siempre cambiante, por la realidad de la gente que no sabe qué va a pasar. La enfermedad aumenta y la pobreza se agrava. Convivir con la inseguridad no es fácil.


El confinamiento se intenta, pero la realidad se impone: hacinamiento en las casas, falta de recursos económicos y sanitarios, la gente incluso mayor sale a vender, a hacer sus compras cada día. Los trabajadores informales (la mayoría) ven como no pueden sostener a sus familias. La realidad de los migrantes, sobre todo de venezolanos es compleja: sin trabajo, sin papeles, sin vivienda.


El país se ha dado cuenta del centralismo político, económico y de servicios, las regiones están desatendidas y aún así mucha gente desesperada intenta volver a sus provincias incluso a pie. Quienes gobiernan intentan responder a la realidad, pero la corrupción, la precariedad en la sanidad, la economía, la educación… vienen ya de años y los intentos de hacer algo no alcanzan.
Y sin embargo, como semilla entre piedras, como grano de mostaza, sin que a veces sepamos cómo… la vida sigue naciendo en medio del sufrimiento y la preocupación.Surgen nuevas maneras de encontrarnos, en la oración, acogiendo desde la puerta a quienes se acercan o cuando nos cruzamos en las compras. Transformamos los abrazos y saludos que tanto echamos de menos en escucha profunda y sincera, en palabra de ternura, en recuerdo orante.


En tiempos de límites y vulnerabilidades, se nos despierta la creatividad, nos hemos organizado para llamar a unas 40 familias cada semana, hay una red solidaria para socorrer las necesidades básicas de unas 20 familias, soñamos con un proyecto de “Envío a domicilio solidario”, hacemos videos y mensajes para alegrar la vida y sentirnos cerca.


No nos hemos parado, es tiempo de seguir aprendiendo y profundizando con las clases de la Conferencia de Religiosos.


Sentimos en estos tiempos con gran fuerza el regalo de la comunidad, profundizamos nuestras relaciones, las valoramos y percibimos el amor mutuo en la atención, en la corresponsabilidad de cuidar de la comunidad y de la otra. Nos cuidamos por fuera (higiene, limpieza…) y por dentro, nuestro espíritu está en “modo orante”, cuidamos la liturgia, expresamos lo que nos habita, jugamos, conversamos, bailamos, hacemos manualidades…
Vivimos aquí, en Lima, Perú, pero también tenemos el corazón en nuestros países de origen, sentimos profunda la comunión con la Congregación, con la humanidad de aquí y de allí. Nos duelen las muertes, nos preocupan las HA que caen enfermas y nos dan vida los encuentros virtuales.


Y en medio de todo descubrimos a Jesús sufriente en medio de su pueblo, Jesús pobre entre los pobres, Jesús que sigue proclamando el Reino y nos sigue diciendo “Dichosos los que sufren, los que lloran…” gran paradoja Pascual que vivimos con todo mezclado en el corazón.


La esperanza, la vida, la alegría no tienen cuarentena… y traspasan los muros de nuestra casa, sin duda “El Universo entero nos está abierto” (E.Pernet).

Comunidades de Hermanitas de la Asunción. Lima (Perú)

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