De dónde salí ¿? Experiencia de pobreza y salida

Ramón lleva un año viviendo en un centro de acogida, un albergue, le gusta decir a él, porque centro de acogida suena mal, nos dice. Le encontramos trabajando la tierra, quitando las hierbas malas que salen al lado de las zanahorias y nos cuenta cómo llegó y cómo se encuentra en este albergue.


Yo vivía bien, daba clases en la universidad y mi familia estaba entre las familias que viven con lo necesario, pagando su casa. Mis hijos iban a un colegio concertado cerca de casa, no podíamos quejarnos. Yo debía presentar el doctorado y acceder así a un puesto definitivo en la universidad, pero el atender a mis hijos y la pereza de un doble trabajo, me hizo posponerlo un día y otro.


La enfermedad no mira clases sociales ni situaciones familiares y un día, mi mujer comienza a sentirse mal, la llevo al hospital y en dos meses se me fue. El impacto que produjo en mi fue muy fuerte y descuidé el cuidado de mis hijos y de mi trabajo.


Llegó la crisis y los puestos de trabajo en la Universidad se redujeron, comenzando por los interinos, yo no había presentado la tesis y me mandaron a la calle en el peor momento de mi vida. Sin trabajo, no podía hacer frente a los gastos; pago de la casa, del colegio, la alimentación… Perdí todo. A mis hijos los atendía una tía de mi mujer y yo tuve que ir a vivir con un amigo que me dejó una cama.


En poco tiempo me vi privado de mujer, hijos, casa y vida toda. Para poder aguantar la situación, comencé a beber; no encontraba salida por ningún lado, me avergonzaba pedir, volver a casa del amigo sin poder aportar nada, me indicaron que no fuera a ver a los niños, pues lo único que hacía con ellos era llorar y llorar, la ayuda que yo cría que necesitaba era el trabajo y el dinero para que todo volviera a ser como antes. Todas las puertas se me cerraban y en mi estado, no veía a qué otras puertas podía llamar.


La falta de recursos, la vergüenza y la bebida me llevaron a vivir en la calle, en la que pasaba más tiempo fuera de la realidad que consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Un día de cierta sobriedad, pasaron unas personas junto a mi, despreciándome por mi aspecto y borrachera, sus insultos calaron en mi alma y me sumieron en una gran tristeza que ni la bebida llegó a mitigar. Pensé en quitarme la vida, porque lo que arrastraba ya no lo era, ¿ por qué no lo hice ?, no sé. Deambule por el parque y llegué, no se si yo o alguien me trajo a las puertas de este albergue, pero no me atreví a entrar a pesar de que me invitaron, mi aspecto me habían dicho, era despreciable. Al tercer día y muerto de hambre accedí a pasar de la puerta. Acepté un bocadillo y después me sumí en un sueño profundo. Desperté en lo que creí era un hospital por la limpieza y las batas blancas.


Cuando me lo permitieron, me levanté y me vestí con ropa que me dieron y me dirigí a la puerta de salida para marcharme. Me encontré con uno de los habitantes de este albergue que me preguntó dónde iba, le dije que no lo sabía y me invitó a acompañarlo mientras lo pensaba. Fui con él al jardín y cuando me echó el brazo por el hombro comencé a llorar, esas lágrimas lavaron mi alma, también mi vida. Mi compañero se unió a mi llanto porque me dijo; todos necesitamos una lavadora.


Esa acogida fue el principio de un camino que estoy empezando a recorrer y que será largo, pero que esta gente me está ayudando a hacer, sin discursos, solo estando conmigo.

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