La presencia vivificadora del agua

Otro elemento que quisiera destacar como eje transversal y que nos habla del regalo de la vida, desde el comienzo del Génesis hasta el fin del Apocalipsis, es la presencia vivificadora del agua. En el comienzo, la situación de la tierra es desértica, negativa (Gen. 2, 4b-7). Pero hay una alternativa para esa situación: se propone un término que significa manantial, crecida, torrente. Con la humedad comienza a abrirse un horizonte para la vida y se necesita un cultivador, el que cuida. El autor yavista utiliza el término alfarero, quien modela y plasma al ser humano. Es polvo amado de la tierra. La fuente de la vida humana es solamente Dios quien sopla y transmite un aliento, provocando un acto de animación interna. Queda de manifiesto la relación entre hombre-tierra. Ambos se pertenecen, están vinculados.

En Ez 47, 1-12, se nos habla de la fuente del Templo que fertilizará la región por donde pase. Es la fertilidad de las aguas que son capaces de sanear y dar vida por doquier. En ellas queda de manifiesto la gloria vivificante del Señor que habita en el Templo. Allí por donde pase el agua del Templo surgirá cantidad de árboles a ambos lados y todo quedará saneado (v. 8-12). La vida prosperará por donde llegue el torrente. Habrá abundancia y la característica es que no se marchitarán sus hojas, sus frutos no se agotarán y tendrán propiedades medicinales.

Así pues, los dos relatos iniciales de la creación tienen como finalidad sustentar e iniciar el proceso amoroso, detallado y cuidado, en vistas a la salvación y la elección. Y una constante es la belleza y la bondad de lo creado. La bondad de las criaturas corresponde a la bondad del Creador.

Reconocer la bondad de las creaturas significa la alabanza a su creador. Nos sentimos muchas veces incapaces de captar la belleza-bondad de lo que existe, prisioneros de la mirada económica que plantea de inmediato esta pregunta: ¿para qué me sirve? ¿Cuánto me renta?

De esta manera, el hombre se encuentra ante la alternativa vida-muerte. Se pone en marcha una historia apasionante donde se despliega el ejercicio de la libertad, símbolo y patrimonio de la grandeza y dignidad que tiene su origen en el amor incondicional de Dios que se compromete con el mundo. La teología ha tomado conciencia del devenir histórico, del existir y del conocer humanos como lugar propio de la acción salvífica de Dios y su revelación, cumplido en el acontecimiento de Cristo.

Ascension Gonzales ; `Hacia una Eco Asunción’ 3 b 2.

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Editorial

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